El Sur como punto de referencia

La Bienal de Montevideo es una apuesta cultural positiva que deja valiosos frutos en la capital uruguaya.
Por Daniel Molina | ene 2013

Como era previsible, los primeros días de la Bienal de Montevideo pasaron con gran movimiento de público por las distintas sedes donde se desarrolla. Esta muestra de arte, la primera de esta especie que se realiza en la ciudad de Montevideo, tendrá sus puertas abiertas hasta el 30 de marzo de 2013. Promete ser la mayor muestra internacional de arte contemporáneo en la historia del Uruguay.

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Hasta los 1980 sólo existían cuatro eventos internacionales en el mundo del arte: la Documenta de Kassel (que se producía cada cinco años desde 1955) y las bienales de Venecia (la más antigua, inaugurada en 1895), la de San Pablo (1951) y la de Sydney (1973). Estos grandes eventos permitían concentrar en un solo lugar algunas de las principales propuestas del arte de todo el mundo, aunque su mirada tenía una preferencia manifiesta por el de los países centrales. El arte de los países emergentes era literalmente puesto al margen. Esto cambió con el surgimiento en 1984 de la Bienal de La Habana, que invirtió la mirada: puso el centro en la periferia. A partir de los 1990 las bienales se multiplicaron tanto que ya son cientos en todo el mundo. Pocos son los países que no cuentan con una bienal de arte contemporáneo, entre ellos la Argentina y, hasta hace 15 días, Uruguay. Ahora, con la inauguración de la primera Bienal de Montevideo, Uruguay se suma al circuito internacional.

La Bienal de Montevideo está hecha a medida del ámbito en el que se produce. No es pretenciosa: ha sabido hacer de la modestia de medios una fuerza. El curador es el alemán Alfons Hug, con una amplia trayectoria en este campo. Fue acompañado por dos cocuradoras: la chilena Paz Guevara y la uruguaya Patricia Betancur. Se invitó a 51 artistas de todo el mundo bajo el lema “El Gran Sur”. La Bienal se desarrolla en cuatro espacios. El principal es el Gran Hall del Banco de la República Oriental del Uruguay (BROU), un magnífico edificio recubierto de mármol y granito y diseñado en 1938 por el italiano Giovanni Veltroni. Quizá el ámbito no es el ideal porque resulta demasiado imponente y algunas obras se ven disminuidas ante el amplísimo espacio de ese hall, que además tiene un cielorraso espectacular.

Los otros tres espacios son: el Anexo del BROU (dedicado al video-arte), la iglesia San Francisco de Asís (que contiene dos de las más poéticas instalaciones de toda la bienal) y el edificio Atarazana, que fue el primer arsenal de la ciudad y presenta obra ligada a la historia, la conquista y la colonización.

Muchas de las obras exhibidas son site specific: fueron realizadas pensando en el lugar donde se llevarían a cabo. Algunas de ellas toman el tema del banco, el dinero o la historia del lugar. Otras se inspiran en Montevideo o la historia uruguaya. También hay varias obras que piensan el Sur desde otros espacios, tanto en lo geográfico (Australia o la Polinesia) como en lo cultural (Africa, Medio Oriente, India). Artistas europeos piensan el Sur, a la vez que artistas del Sur piensan el diálogo con el Norte (y, además, con la relación Este-Oeste).

Casi todas las obras que se pueden ver en esta bienal tienen una clara impronta poética: no hay narrativas claras y lineales, sino condensaciones conceptuales que apelan a lo ambiguo, lo abierto y lo múltiple. Sin dejar de aludir a cuestiones políticas o problemáticas sociales, las obras jamás se encierran en lo obvio. El film Vendedores de ladrillos de Kabul (2006), de la afgana Lida Abdul (1973), es una obra de una densidad metafórica conmovedora. Durante seis minutos las imágenes muestran a niños pequeños que portan uno o dos ladrillos (que fueron a buscar a las ruinas de los edificios destruidos durante la guerra sin fin que vive su país). Es casi surrealista esa larga cola de niños entregando los ladrillos a un comprador que les da, a cambio, un billete. Economía, historia, política, denuncia, belleza, horror, sueño, relato: todo a la vez.

La instalación de la portuguesa Gabriela Albergaria (1965) consiste en la construcción de un árbol que está compuesto por el ensamblaje de partes de todos los árboles que hay en Uruguay, tanto los autóctonos como las especies extranjeras que se aclimataron. Es una obra imponente y hermosa que se pierde un poco ante las dimensiones gigantes del hall del BROU. La boliviana Sonia Falcone (1965) presenta una instalación de varios cuencos que contienen especias de todo tipo y color. Es una obra muy sensual: no sólo por su colorido vibrante y la textura de las distintas especias, sino porque destila un aroma embriagador. Esta obra se exhibe en la iglesia de San Francisco de Asís, junto a la instalación sonora del brasileño Paulo Vivacqua. La reunión de ambas piezas en este espacio es uno de los grandes logros de montaje de esta bienal.

El otro gran logro de montaje es la reunión de todos los videos en el edificio anexo del BROU. Allí se los muestra uno junto al otro, creando un continuum de imágenes parpadeantes que, sorpresivamente, no resulta invasivo. Ese mérito técnico (y poético) permitió crear un espacio en casi total oscuridad que da todo el protagonismo a las pantallas, que a su vez recibieron un tratamiento especial. En este mismo anexo se encuentran, en los sótanos, dos de las obras más simples y al mismo tiempo más sugerentes: ambas trabajan con la luz y tienen una mirada minimalista, pero mientras la alemana Kitty Krauss (1976) tiende a lo cinético, la obra Salón fumador, del argentino Eduardo Basualdo (1977), es un prodigio conceptual. A partir de una lamparita que se balancea golpeando la pared de vidrio que divide el espacio y crea "el salón fumador", Basualdo nos pone en una situación límite y en el borde entre dos espacios y sucesos. Hay algo dramático (en el sentido teatral de la palabra) en su obra: se anuncia la inminencia de algo que no se sabe qué es.

Otra de las obras más logradas es la instalación El gabinete de las máquinas del Capital, del norteamericano Mark Dion (1961). Con materiales del archivo del BROU, Dion armó una instalación enorme, que ocupa una pared entera del costado del Hall Central del banco. Esa acumulación de equipos de distintas épocas es una puesta en escena de la historia del manejo del dinero en un banco. Y, a la vez, es una imagen geométrica que remite al constructivismo de Joaquín Torres García, el gran artista del Uruguay moderno.

El video de Martín Sastre es una obra maestra del pop. Resume en dos minutos todos los tópicos del arte contemporáneo, la relación con la política y el espacio del banco. Es la primera parte de una obra en desarrollo, que continuará con la producción del perfume que anuncia.

La Bienal de Montevideo es una apuesta cultural positiva que deja valiosos frutos en esta ciudad: permitirá ampliar el público del arte contemporáneo, ya que da visibilidad masiva a un tipo de producciones estéticas que suele estar reservado a los especialistas. Es un gran logro para una ciudad magnífica. La Bienal estará abierta todo el verano. Si se cruza el río, sería injustificable perdérsela.

 

Daniel Molina

Crítico cultural, interesado en las nuevas experiencias, cultura web y arte. Escribe en los diarios argentinos La Nación y Perfil. En Twitter: @rayovirtual

© Daniel Molina. Originalmente publicado en Perfil, Buenos Aires, 8.12.2012

1ª Bienal de Montevideo

23 noviembre 2012 - 30 marzo 2013

Montevideo, Uruguay

Tema: El Gran Sur

Curador general: Alfons Hug

Co-curadoras:
Paz Guevara, Patricia Bentancur


Vea también:

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Informaciones y fotos sobre la Bienal de Montevideo y sus ediciones, presentadas por Universes in Universe - Mundos del Arte.
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