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Selva cosmopolítica: Naturaleza, territorio, raza y cultura

By María Belén Sáez de Ibarra

Novedades históricas

Ni demiurgos, ni fuerzas naturales: los hombres serán los responsables de la extinción o de la supervivencia de la especie. Ésta es la gran novedad histórica de nuestro siglo. Una novedad absoluta y que puede significar el fin de todas las novedades. Si fuese así, el destino habría curado a los hombres, de manera terrible y también absoluta, de la enfermedad que padecen desde su origen y que, recrudecida desde hace más de dos siglos, ahora los corrompe: la avidez de novedades, el insensato culto al futuro. Como las almas de Dante, estaríamos condenados a la abolición del futuro, sólo que a diferencia de ellos, no podríamos siquiera ver ese impensable acontecimiento. En verdad, nuestra suerte sería —siniestra simetría— exactamente la contraría a la suya: muerte eterna. Así, nuestra época realizaría hasta el fin su destino: ser la negación del cristianismo.

Octavio Paz en Tiempo nublado, 1983

Todos enfrentamos hoy la encrucijada de la extinción versus la restauración del hábitat humano: la destrucción o la protección del planeta por la inmediata acción del hombre. Nadie escribió ni pensó sobre este asunto, ni Marx a pesar de su visionario alcance hasta el capitalismo avanzado, ni Nielzsche ni ningún otro de los tantos filósofos que se ocuparon de la decadencia de la cultura. Tampoco el pensamiento religioso, pese a su énfasis en la muerte y el nacimiento de los hombres y las sociedades —como lo afirmara Octavio Paz en Tiempo nublado; las tradiciones religiosas habían afirmado siempre que el mundo seria destruido por seres sobrenaturales o por fuerzas cósmicas, no por la acción de los hombres empleando medios técnicos. Las religiones se plantaron en la remota imagen del Juicio Final del siglo XVIII.

Algo parecido podría decirse de la ciencia moderna que, a partir de la segunda mitad del siglo XX, convirtió el fin del mundo en un asunto público y de exclusiva competencia de los hombres y sus actos, sin que la cultura global haya logrado avanzar en términos éticos sobre su relación con la vida. Uno se pregunta por los cambios estructurales para arreglar o detener los daños de la voraz explotación de recursos naturales a partir de la industrialización imparable desde la Guerra Fría. Las reflexiones alrededor de esta urgencia en el pensamiento capitalista del progreso se han convertido en apéndices de las disciplinas de la economía y la tecnocracia: aunque se habla de desarrollo sostenible la intención es de corta duración, es decir, no logra proyectar la sobrevivencia de su hábitat más allá de la coyuntura de la tasa de cambio, la inflación, la balanza de pagos y la utilidad de la empresa multinacional a la que parece debérsele una contribución. Las burocracias democráticas o el despotismo burocrático de los países comunistas no pueden ver el futuro. Este concepto del desarrollo sostenible ni siquiera se ha considerado en la explotación de recursos en las selvas del Tercer Mundo por parte de las empresas multinacionales o de cualquiera de los bandoleros que por allí rondan (entre ellos también conforman un ecosistema). Allí se violan todas las reglas. Han ocurrido desastres medioambientales con su correspondiente mortandad, sin sanciones para los responsables; sin reparación ni restauración, a pesar de que algunos –pocos— han sido objeto de pronunciamientos judiciales de las cortes internacionales con sentencias condenatorias.

Hoy las selvas tropicales parecen tierra de nadie. Sus paisajes fragmentados conforman mapas en forma de territorios-mosaicos: manchas rojas para el petróleo; amarillas para la minería; negras para las represas; verdes claras para las zonas de protección y verde oscuras —no incluyen el subsuelo— para territorios “concedidos" a los indígenas; además de las inmensas extensiones de tala de viejos árboles de alturas de 40 metros, que dan paso a programas agrarios y ganaderos con desplazamiento de indígenas y migraciones masivas de colonos, y hacen parte de una eficiente operación de mestizaje/control geopolitico de estas zonas. En realidad, estas son las cartografías de su destrucción como ecosistemas biológicos y culturales.

La incapacidad de los Estados de gobernar en la “larga duración” no es una novedad. Podría afirmarse que es su forma de ser. Sumada la circunstancia de que las selvas ocupan varios estados: 11 países es el caso de la Amazonia, sin incluir a los países y emporios multinacionales post colonialistas que ejercen allí formas muy eficientes de soberanía (la ‘colonialidad’ del poder es inmanente a nuestro sistema global). Una solución posible podría ser la creación de nuevas formas de jurisdicción (y de gobernanza) con estatutos legales específicos para las selvas tropicales y sus ecosistemas de apoyo, concebidas como una cadena viviente que sobrepasa las fronteras políticas nacionales, que las mantenga fuera del comercio y como parte de un patrimonio natural de la humanidad. Un ser vivo colectivo, la naturaleza y los hombres conviviendo otra vez: un ente jurídico para la naturaleza que pueda incluir a las personas e identidades colectivas que también hagan parte de su ecosistema vital. Una personalidad trasnacional de índole intercultural, acogedora genuinamente de las culturas nativas que conocen y comparten las lógicas de lo viviente. Una especie de territorio de excepción. Pero no como los que conocemos como “territorios de excepción" esparcidos por doquier en el archipiélago de excepciones en que se ha convertido el planeta —donde no se aplica el estatuto de lo humano como “forma-de-vida"— sino lo simétricamente inverso: ser lugar de respeto a lo viviente, a plena conciencia, como fábrica de la existencia inteligente —sobre-abundante, sistémica, cíclica, para contribuir a la restauración y recuperación del equilibrio y la estabilidad del hábitat de la especie humana y todas las demás. Un espacio para “dejar ser" diferentes maneras de vivir y de conocer, desde donde podamos reaprender cosas esenciales que la máquina de homogeneización que ha sido la Modernidad ha atrofiado hasta borrar.

Estas ideas toman aliento del paradigmático avance de la Constitución de Ecuador una verdadera novedad jurídica en el mundo— que, gracias a la Asamblea Constituyente del año 2008, se basó en la tradición animista del derecho moderno y en una postura intercultural, para reconocer una entidad jurídica para la naturaleza y un espacio de acción más eficiente para las naciones indígenas. Ursula Biemann y Pablo Tavares, en su proyecto Selva jurídica, relatan este largo e incansable proceso de activismo de organizaciones indígenas y de otras organizaciones civiles que han visto la protección de los derechos sociales y humanos integrada a la protección del medioambiente, generando una alianza más potente y coherente que la mayoría en el contexto del sistema jurídico actual, articulándose desde la Corte Interamericana de Derechos Humanos. De esa manera, hoy en Ecuador cuentan con personalidad jurídica y con derechos individuales o colectivos los individuos, los pueblos o identidades colectivas como las naciones y también la naturaleza, reconociéndose como un país plurinacional e interétnico. [1]

Aún estos giros concebidos dentro de las lógicas del sistema establecido requieren de un cambio tan radical de la conciencia que visualizaríamos ¡al fin! la fisura en la transformación cultural de la Modernidad que ha sido, de una manera profundamente paradójica, la época de la historia de la humanidad más racista, unívoca, omnipresente, restrictiva, duradera y conservadora de su credo hegemónico: progreso (capitalismo), razón (arbórea), humanismo (blanco), religiones del libro (monoteísmo).

Mientras tanto, parecemos estar abocados sin esguinces a un cambio cultural tan grande como lo fue el surgimiento de la polis griega o la creación del estado moderno. Estamos frente a un cambio verdadero y absolutamente desconocido.

La cosmogonía política de la selva

La cultura racionalista de Europa ha fracasado y he venido a la tierra de México a buscar las bases de una cultura mágica que aún puede manar de las fuerzas del suelo indio. Las verdaderas tradiciones no progresan, ya que representan el punto más avanzado de toda verdad.
Antonin Artaud en Viaje al país de los Tarahumaras. 1936

Soy de raza inferior desde la eternidad.
Rimbaud en Una temporada en el infierno. 1873

En los hermosos diarios que relatan su viaje a México con los indios Tarahumaras, Antonin Artaud, este artista que, como dice Deleuze, escribe desde el futuro —adelante de todos en un delirio— nos va exponiendo el pensamiento atávico de los indígenas contrapuesto al ilustrado moderno de Europa. Él ve la Modernidad como una regresión espiritual: el humanismo del Renacimiento no fue un engrandecimiento sino una disminución del hombre, ya que el hombre dejó de elevarse hasta la Naturaleza para atraer la Naturaleza a su talla, y la consideración exclusiva de lo humano hizo perder lo Natural. Se requerirá, dice, una revolución de la conciencia que nos permita cuidar la vida. Si tenemos la falsa idea del destino y de su marcha —la evolución, el progreso— es porque no sabemos mirar la naturaleza, porque ya no sabemos sentir la vida en su totalidad.

El inconsciente de la antigua raza primitiva —que en peligro sobrevive— está amarrado a un secreto: lo viviente. Un secreto que la ciencia no puede develar. Solo a la cultura y a la imaginación les es dado aproximarse a este misterio universal.

En lugar de escuchar y aprender de las bases de esta cultura de viejos indios como nos invita Artaud, para reaprender rodos, los unos y los otros, la fuerza olvidada de la vida, la civilización capitalista en su furia represora la ha ocultado, manteniendo el inconsciente indígena en el olvido. Viene procurando por muchos siglos sobreponer una única cultura, de una misma fuente fabulosa y prehistórica que se establece en la civilización moderna, puramente física y racional, desconectada de la magia y de la fuerza de la Naturaleza.

El mito del mestizaje de la cultura moderna niega por completo la existencia actual de una raza-principio que se funda en la relación de los indígenas con sus territorios ancestrales, donde “la naturaleza ha querido hablar a lo largo de toda la extensión geográfica de una raza”, expresada en una cosmogonía política tejida intimamente entre la Naturaleza inteligente —que tiene conciencia, habla y produce interpretación del mundo y conocimiento—, la tierra, la raza y la cultura.

Si dejáramos surgir ese inconsciente olvidado, dejaríamos surgir con él la pulsión del deseo de producción de las fuerzas y los flujos para recuperar la fábrica rizomática de la vida, donde pasado y futuro se sobreponen en cada día, siendo eterna pregnancia de futuros. Los flujos del deseo que le permitan a la vida perseverar en sí misma, con un nuevo contrato natural en donde el hombre retome su lugar en la cosmogonía política de la selva, con su gran fuerza en equilibrio capaz de restablecer la gran armonía que cabalga en varios planos a la vez, física y metafísica también: la selva viviente que no es poderosa sino sagrada.

Nota

Selva cosmopolítica hace parte de un proyecto artístico continuo que busca abrirse a formas de trabajo intercultural alrededor de una conciencia de la vida, en el contexto de una antropología más allá de lo humano que implica también a la naturaleza, a otras entidades y a otras formas de existir.

Por ahora el proyecto se expresa en libros, intercambio de saberes, comisiones de proyectos estéticos y exposiciones. Se trata en ello de expandir el ámbito del arte —entendido en sí mismo como transdisciplinario— hacia otras maneras de concebir la creación de conocimiento sensible en otras culturas y on otras disciplinas y ciencias, quizá cruzándose entre ellas también.

Tanto los resultados en conjunto como cada obra y cada cosa que lo componen, surgen a su manera. Queremos mantener los canales abiertos y estar dispuestos a aprender nuevas cosas, y a olvidar y recordar lo que convenga.


1 - Consultar el libro Forest Law-Selva jurídica de Ursula Biemann y Pablo Tavares, que investiga en detalle estos procesos en la selva ecuatoriana desde un alcance histórico, geopolítico y transdisciplinario.


Crédito:
Publicado en línea por Universes in Universe con la amable autorización de la autora María Belén Sáez de Ibarra, curadora de la exposición y Directora Dirección de Patrimonio Cultural. El texto original apareció en la publicación que acompañó la exposición "Selva Cosmopolítica" en el Museo de Arte Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2014. ISBN: 978-958-775-512-1

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